Archivo Fílmico del Noreste, México

La primera noticia que tuve sobre el Archivo Fílmico del Noreste fue a través de las redes sociales. Me llamó la atención no solo la existencia del proyecto, sino el hecho de que cada vez más personas y profesionales en nuestra región estén involucrados —y preocupados— por el patrimonio cinematográfico de sus países. En un contexto donde la imagen circula rápido y se olvida aún más rápido, estos gestos de cuidado adquieren un peso particular.

Dentro de ese movimiento, el trabajo de Gil Morales despertó interés. Lo contacté casi de forma inmediata y, desde lugares distintos —México y Perú—, sostuvimos una conversación virtual que pronto se desplazó del archivo a la ciudad, de la película perdida a la memoria colectiva y del pasado filmado a las preguntas urgentes del presente. Lo que sigue son algunas de las líneas centrales de ese intercambio.

Jano Burmester:
Gil, representas al Archivo Fílmico del Noreste, un proyecto que hoy tiene una enorme resonancia. Pero antes del archivo, está la ciudad. ¿De dónde vienes y desde qué lugar nace esta búsqueda?

Gil Morales:
Soy de Monterrey, Nuevo León, al noreste de México, muy cerca de la frontera con Estados Unidos. Es una ciudad industrial, muy marcada por la idea de progreso y modernidad. Llevo cerca de veinte años trabajando como realizador cinematográfico. Hice cortometrajes, luego publicidad, y junto con mi esposa y productora, Myrna Silva, fundamos una casa productora. Pero alrededor de 2015–2016 algo cambia: empiezo a investigar una película supuestamente filmada en Monterrey en los años cincuenta.

JB:
Una película que, en teoría, no debería existir.

GM:
Exacto. Porque la llamada Época de Oro del cine mexicano prácticamente no pasó por Monterrey. Todo estaba concentrado en la Ciudad de México. El noreste quedó fuera del relato oficial del cine nacional. Por eso esta película “perdida” nos parecía tan intrigante. Empezamos a investigar, a entrevistar personas, a buscar rastros. Lo que no sabíamos era que esa búsqueda nos iba a llevar a algo mucho más grande que una sola película.

JB:
Y ahí aparece el archivo.

GM:
Sí. En 2022 encontramos una nota periodística: un hombre, en Ciénega de Flores —a poco más de una hora de Monterrey— tenía cientos de rollos filmados por su padre, Antero Escamilla, cinefotógrafo que realizó noticieros fílmicos durante décadas. Cuando fui a verlos, encontré más de 800 rollos, proyectores de 35 mm, una moviola, latas oxidadas, polvo, abandono. Era una bodega olvidada durante treinta o cuarenta años.

JB:
Ese momento en el que uno entiende que ya no hay vuelta atrás.

GM:
Exacto. Ahí ya no estás frente a un objeto: estás frente a una responsabilidad. Nuestro primer impulso fue ayudar al dueño a recuperar los materiales para que él los conservara, pero él fue muy claro: no tenía el tiempo, ni la energía, ni los recursos. Entonces entendimos que, como cineastas de esta región, lo moralmente correcto era hacernos cargo.

JB:
¿En qué estado estaba el material?

GM:
Muy diverso. La mayoría es acetato, algo de poliéster y dos rollos en nitrato. Algunos materiales estaban sorprendentemente bien; otros tenían síndrome de vinagre muy avanzado. El clima de Monterrey no ayuda nada: calor extremo, polvo, cambios bruscos de temperatura. Muchas latas estaban selladas por el óxido. Las abríamos con cincel y martillo. Siempre trabajamos al aire libre, por los gases y los olores. El olor a ácido acético es algo que no se olvida.

JB:
Tú vienes del cine, no del archivo institucional. ¿Cómo se aprende a preservar?

GM:
Aprendimos desde la intuición, pero también desde la escucha. Martín Montes, responsable de la bóveda de la Cineteca de Nuevo León, fue clave. Nos enseñó a identificar niveles de deterioro, a no entrar en pánico, a observar. Después se sumaron otras personas con más experiencia. Éramos cineastas enfrentándonos a la fragilidad del soporte que amamos.

JB:
¿Qué tipo de imágenes empezaron a aparecer?

GM:
Noticieros fílmicos que se proyectaban antes de la película principal. Registros de calles, plazas, informes de gobierno, corridas de toros, fiestas populares, cines desaparecidos, avenidas en expansión. Fragmentos cortos, de uno a ocho minutos. El 80% del material es 35 mm, el 20% 16 mm. Juntos, esos fragmentos construyen otra historia de Monterrey, una que no está en los libros.

JB:
Una ciudad que ya no existe.

GM:
Exacto. Monterrey es una ciudad que ha sacrificado mucho de su pasado en nombre de la modernidad. Se demolieron edificios, cines, barrios enteros. El archivo nos mostró una ciudad bella, viva, con otra relación con el espacio público. Y ahí entendimos que el archivo no es nostalgia: es una forma de pensar el presente.

JB:
Obtuvieron apoyo del IMCINE para continuar.

GM:
Sí. Aplicamos al FOCINE, en la línea de preservación de acervos cinematográficos, y lo obtuvimos en 2023. Eso nos permitió estabilizar 150 rollos y digitalizar una hora de material en un escáner profesional de 35 mm. Fue fundamental, no solo por lo técnico, sino porque legitimó el archivo como proyecto cultural.

JB:
¿Hay materiales con los que tengas una relación especial?

GM:
Varios. Uno es el centenario de General Terán, filmado en 1951 en nitrato. Queremos proyectarlo en la plaza del pueblo; nos han dicho que una de las reinas coronadas aún vive. Otro es un informe del gobernador Raúl Rangel Frías, donde vemos el centro de Monterrey antes de la demolición masiva que dio lugar a la Macroplaza. También hay un negativo en 16 mm que muestra la expansión de las vialidades: la modernidad entrando a la fuerza.

JB:
¿Sientes que el archivo te habla?

GM:
Todo el tiempo. El archivo nos dice: mírenos, no nos olviden. Nos recuerda que existimos, que esta ciudad tuvo otras formas, otros ritmos. El archivo es una conversación con el pasado, pero también una pregunta hacia el futuro.

JB:
Hasta ahora hemos hablado del archivo como memoria y como imagen. Pero también hay algo muy concreto: los objetos, las máquinas, el patrimonio material que lo hace posible. ¿Con qué cuenta hoy el Archivo Fílmico del Noreste?

GM:
El archivo no es solo los rollos. También es todo lo que los rodea. Junto con la colección Escamilla llegó una moviola Magna Sync y un proyector Super Simplex de 35 mm, de los años cuarenta o cincuenta. Creemos que ese proyector pudo haber sido usado por Antero Escamilla cuando trabajaba como proyeccionista en el Cine Elizondo, uno de los más emblemáticos de Monterrey y demolido para construir lo que es hoy, la Macroplaza. Es decir, no son solo herramientas: son parte de la historia del cine en la ciudad.

Además, tenemos un proyector de 16 mm Kodascope que adquirimos después, pensando no solo en la revisión técnica, sino en algo fundamental para nosotros: volver a proyectar las películas. A eso se suman pegadoras, cajas de luz, enrolladoras y otros instrumentos básicos para el trabajo con fílmico. Y ya en un plano más personal, tengo cámaras de Super 8, algunas de cuerda, incluso una Braun Nizo que todavía está pendiente de usarse. Todo eso también forma parte de una relación viva con el soporte.

JB:
Eso conecta con algo importante: ustedes vienen del cine, no de una institución archivística tradicional. ¿Cómo se traduce eso en los servicios o en lo que el archivo puede ofrecer hacia afuera?

GM:
Como casa productora seguimos ofreciendo los servicios habituales: realización, producción, algunos procesos de postproducción. Pero el archivo abrió otra línea. Aunque nuestra experiencia como archivo aún es corta, creemos que ya estamos en condiciones de ofrecer asesorías a otros acervos, ya sean privados, empresariales o institucionales. Acompañarlos en cómo gestionar, preservar y administrar sus colecciones.

También nos interesa mucho la idea de talleres de preservación dirigidos al público en general. Pensar en personas que tienen películas familiares en 8 mm o Super 8 guardadas en un clóset, sin saber qué hacer con ellas. No se trata de formar archivistas profesionales, sino de compartir conocimientos básicos: control de humedad, temperatura, manipulación mínima. Pequeños gestos que pueden hacer una gran diferencia.

JB:
Después de todo lo que ha pasado en tan poco tiempo, ¿en qué momento se encuentra hoy el archivo?

GM:
Estamos en una especie de pausa operativa. No vamos a revisar nuevos materiales por ahora. Han sido años muy intensos y necesitamos tomar distancia para redefinir el rumbo. Pero eso no significa desaparecer. Vamos a seguir haciendo difusión: charlas, presentaciones, proyecciones. La respuesta de la comunidad nos ha mostrado que el archivo ya no es solo nuestro.

Esta pausa también nos permite enfocarnos en otros proyectos, como la película que nació de toda esta investigación, y pensar con más claridad en lo que viene.

JB:
¿Y qué viene?

GM:
Mucho trabajo. Calculamos que todavía hay unas treinta horas de material por escanear, y eso es clave no solo para el acceso, sino para la preservación a largo plazo. También está el mantenimiento anual de los rollos, la revisión periódica, la reaplicación de químicos. Son tareas invisibles, pero esenciales.

A largo plazo queremos poner el archivo en acceso a través de una plataforma digital, donde se pueda consultar el catálogo, ya sea con fines de investigación o simplemente para que la comunidad vea sus propias imágenes. Además, quedan por intervenir entre doscientos y doscientos cincuenta materiales que no hemos podido revisar, y una sección completa en video: U-matic, Betacam, VHS, algunos como transferencias del fílmico y otros grabados originalmente en video.

Y algo muy importante: queremos recibir nuevas colecciones. Estamos convencidos de que la colección Escamilla no es un caso aislado. Hay más archivos olvidados en la región, guardados en bodegas o clósets, esperando ser vistos.

JB:
Como cineasta, ¿qué lugar ocupa hoy el archivo para ti?

GM:
Sigo considerándome realizador antes que archivista. Pero creo profundamente en la arqueología cinematográfica. En reutilizar, reapropiar, volver a proyectar. Las películas no están hechas para quedarse guardadas. Tal vez el fílmico sea lo único que sobreviva dentro de cien años. Tal vez estos rollos hablen por nosotros cuando ya no estemos.

JB:
Y ahí, el cine vuelve a ser memoria.

GM:
Exacto. Un pequeño gesto frente al olvido. Un rollo que sigue girando.

Al terminar esta conversación, vuelvo a pensar en cómo conocí el Archivo Fílmico del Noreste: a través de imágenes que circulaban en redes, señales de que todavía hay personas dispuestas a cuidar lo que otros consideran prescindible. Esa preocupación por el patrimonio cinematográfico, que en un inicio parecía lejana, hoy interpela directamente a nuestra región.

En el Perú, donde la imagen también circula rápido y se olvida aún más rápido, el vacío es evidente. No existe una Cinemateca Nacional ni una política pública clara de preservación audiovisual. La única cinemateca es privada y funciona dentro de una universidad. Fuera de eso, hay esfuerzos aislados, sostenidos más por convicción que por respaldo institucional.

Argentina ocupa para mí otro lugar. Allí me formé cinematográficamente y viví de cerca un modelo donde la educación pública y las políticas culturales entendían al cine como parte del tejido social. Por eso resulta difícil no mirar con preocupación el desmantelamiento de esos apoyos, no desde una postura ideológica, sino desde la certeza de que la cultura no se sostiene sola.

Mientras se insiste en la estabilidad económica como sinónimo de progreso, la cultura continúa siendo tratada como algo accesorio. Pero las imágenes también son territorio y memoria. Cuando no se cuidan, lo que se pierde no es solo cine, sino una forma de pensarnos como sociedad.

La experiencia del Archivo Fílmico del Noreste recuerda que las imágenes no se conservan por inercia. Preservarlas es una decisión concreta. Cuántas películas siguen enterradas en casas, clósets o bodegas; material casero y material profesional, imágenes que no tuvieron suerte o que todavía la están esperando. En un mundo donde la imagen circula sin pausa, los gestos de cuidado se vuelven urgentes. Porque cuando la memoria no se preserva, no solo se olvida: desaparece y para siempre.


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